Felices los cuatro

Ahí estaba yo, esperando a ser atendido en la consulta del médico. Sabía perfectamente cual iba a ser el diagnóstico y estaba seguro de que iba a necesitar medicamentos potentes para lograr una cura. El silencio reinaba en la sala. Un paraíso que no podía llegar a disfrutar. Cerré los ojos un segundo y el día anterior volvió a pasar por mi cabeza.

Me había despertado con sueño, nada sorprendente teniendo en cuenta la hora a la que terminan los programas de televisión de la noche. El trabajo me mantenía entretenido como cada día y el resto de la oficina tampoco parecía ociosa. Todo parecía indicar que era un día normal pero entonces empezó aquel estruendo a poco volumen, esas notas musicales que se decían llamar música, ese taladro llamado comúnmente Reggaeton.

Intento ser una persona tolerante, igual que no soporto ese tipo de música otros no soportarán la que a mi me agrada. Así que respiré y supliqué interiormente que no durara mucho. Una, dos, tres, cuatro… empezaba a introducirse más allá de mis oidos, viajando hasta el centro de mis nervios, comenzando a hacer mella en ellos. Cinco, seis, siete, ocho… Tenía mérito poder contarlas ya que me parecían todas iguales. Letras profundas y música elaborada, quizás un mono pudiera hacerla mejor, aunque les presumo mejor gusto. Nueve, diez, once… Suficiente, me pongo los cascos con música neutra, ya que la música que me gusta me distraería también.

Pero no funciona, por encima de la música instrumental de piano siguen llegándome esos acordes infernales. Es una pena que lleve la palabra reggae incluida, si los rastafaris no fueran tan pacíficos seguro que le hubieran prendido fuego a los que pusieron el nombre y luego se los hubieran fumado. Pero yo no fumo y tampoco he llevado nunca rastas. En un último intento de evitar un incidente me levanté al baño. Se agradece tener un baño que insonorice bien, una isla de tranquilidad en un mar caribe de ruido ambiental. Pasar mucho tiempo en el baño daría que hablar, así que tuve que salir. Nada más abrir la puerta me llegó la bocanada de perreo.

Hoy en día no se puede arriesgar el puesto de trabajo por nimiedades así que cogí el camino de salida alegando la realidad, un severo dolor de cabeza. Respirar aire impuro me vino perfecto para oxigenar mis oidos, el ruido de los coches era música celestial. Hasta pensé en dar un paseo y luego volver a trabajar. Entonces crucé un semáforo y allí se plantó un coche con la música a todo volumen con las ventanillas bajadas. Felices los cuatro. Tuve una revelación, en el coche había tres personas escuchando y bailando esa canción. Así que decidido fui a la puerta, la abrí, cogí al conductor por la pechera y le dije que amablemente se sentara detrás. Obedeció como si yo fuera un maníaco homicida. Subí las ventanillas.

– Así que queréis ser felices los cuatro, pues venga, vamos a hacerlo otro rato.

Pero no me refería a lo mismo que la canción. Cambié la música y puse Don’t stop me now de Queen. Aceleré quemando rueda, el coche lo pedía a gritos. Subí la música ya que se oía poco con el ruido del motor y esta sí merecía la pena oirla. Pude sortear a varios transeúntes de pasos de cebra, que presumo eran sordos, hasta llegar a la salida de la ciudad y entrar en una preciosa carretera con curvas. En los videojuegos de rallies no se nota tanto la velocidad. Tampoco la adrenalina de no ver lo que viene después de la curva. Mis compañeros no compartían mi entusiasmo a juzgar por su palidez después de esquivar a un camión en una curva de 180 grados.

– Venga chicos, si vosotros teníais que apreciar mejor que nadie lo de pegarse al de delante.

No tenían cara de apreciar el chiste, ni siquiera cuando salté sobre el asfalto en el cambio de rasante. Por fin, ahí estaba el destino, usando el freno de mano aparqué enfrente de la asociación de sordos. Es donde merecían estar aquellas personas, para que conocieran a más gente como ellos aunque no fuera a propósito. Se bajaron rápidamente sin decirles nada, algo de cerebro aún les quedaba. Eso y un estómago un poco revuelto por sus reacciones posteriores.

Volví a acelerar quemando rueda al ritmo de we will rock you. No soy un ladrón de coches, como mucho robo alguna idea que otra, pero sí tengo sentido del humor y los dueños del coche seguro que se partían de risa al encontrarlo donde lo dejé. Miré el reloj, era muy tarde, tenía que volver a casa. Tenía la sensación de haberme pasado un poco así que intenté volver andando por sitios poco transitados para evitar excederme de nuevo. Uno se siente mejor al dar rienda suelta a sus emociones reprimidas. La mala suerte quiso que hubiera un concierto de reggaeton cerca de mi casa. Respiré profundamente, aquel día no acababa nunca.

Una pantalla gigante, personas haciendo playback en el escenario y un montón de bailarines y bailarinas “perreando”. Unos ligeros arreglos me permitieron cambiar un poco la decoración, hacer sonar “Disco Inferno” y dedicar en la pantalla gigante un mensaje claro: “y los bomberos pa’ cuando”. Adivinad qué había hecho. Sí, prender fuego al escenario y aledaños. Se fueron todos corriendo más rápido que lo que se tarda en escribir una letra de reggaeton. Ya desde casa me sentí un poco como Nerón mirando el incendio justificado. Y lo bien que dormí yo, como un niño pequeño exhausto por haber hecho muchas cosas durante el día.

Al levantarme la cosa cambió, me dolía todo el cuerpo. Las cervicales por el coche, los pies de andar varios kilómetros y tenía varias quemaduras. Pero fue el dolor de cabeza producido por el reggaeton lo que me llevó a esta sala de espera. Cogí el periódico para matar un poco el rato. Titulares familiares.

“Treinta heridos por quemaduras en el concierto de anoche.”

“Roba un coche y lo conduce temerariamente durante varios kilómetros.”

Es cierto, el coche, espero que lo encuentren pronto.

—–

– Sí, hemos encontrado su coche. Parece que el ladrón lo dejó en buen estado. Pueden pasar a recogerlo.
– ¿Dónde está?
– En la perrera municipal.

Llegaron al coche y estaba aparcado en una plaza de minusválidos y con la música a todo volumen.

“Yo no lo di, yo no lo di, yo lo presté.”

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La hora

Pipipi-pipipi-pipipi

La alarma suena otra vez. El sueño de las mañanas es inevitable. Pese a la ducha y el desayuno al cerebro le cuesta abandonar el estado somnoliento, hasta que despierta en medio del metro y se le ocurre una genial idea para evitar el sueño por las mañanas. ¿Dormir más o despertarse más tarde? Nada tan simple y obvio. El sueño de las mañanas lo provoca el sonido de la alarma, por lo que hay que poner en práctica las tácticas de Paulov y las panaderías. Traducido a palabras que entienda todo el mundo: hay que asociar a la alarma momentos agradables y que de verdad provoquen alegría. Paulov les daba de comer a los perros después de cada sonido de campana y los perros salivaban solo con el sonido. En este caso no puede ser, despertarse con una tarta cada dia acabaría con su figura. Así que tocaba asignar pitidos alternativos. Por ejemplo, ponerse una alarma a la hora de salir del trabajo. Es más, tocaba poner una alarma cuando saliera efectivamente del trabajo.

Por desgracia parece que el experimento necesitaba más dosis. Después de unas semanas seguía despertandose odiando la alarma por la mañana. Bien, a añadir una alarma para el postre. Ya, dije que no podía ser con comida pero si no comes no es problema, la cuestión es predisponer al cuerpo positivamente. Y por si acaso también sonaba una alarma cada vez que viera su serie favorita. No es fácil, con tantas plataformas digitales y no son capaces de implementar condicionamientos conductuales. Suerte que el reloj tiene hasta cinco alarmas. Pasaron semanas y observó que se levantaba algo mejor, parece que el método empezaba a funcionar.

Había que perfeccionarlo un poco. Empezó a salir a su hora para evitar asociar la alarma con frustración. Además hizo más postres ricos. No es lo mismo asociar la alarma a un yogur cero por ciento que a una tarta de queso casera con mermelada de fresa. Sí, lo notaba, cada vez se levantaba mejor, pensaba escribir un libro sobre ello. En verdad le encantaba escribir, por lo que también puso una alarma cada vez que escribía. De repente el ruido del despertador cada día no resultaba molesto. Acabó el libro, lo publicó y triunfó. “La alarma de la vida” fue traducido a veinte idiomas. Con los derechos de autor cobraba más que trabajando así que dejó de trabajar y siguió escribiendo por placer. Ya no tenía que poner la alarma por la mañana y no tenía sueño.

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Competición

Rojo, pie ligeramente por encima del acelerador. Amarillo, acelerador sintiendo casi el peso del pie pero sin moverse. Verde, acelerador a fondo y toma la delantera en la primera curva. Sus cuatro contrincantes fueron más lentos de reflejos. Después de esa primera curva de izquierdas venía una recta media en la que no pudieron tampoco acercarse. Freno a tope en la la siguiente curva de 180 grados a la derecha. Se le echaban encima, ellos tenían su referencia, era normal. Al salir notó que por su izquierda llegaba Jose, el comercial, agresivo como siempre. Hay que mantener la cabeza fría y le dejó el espacio suficiente para creer que llegaría bien a dar la curva por delante. Calculó mal, frenó tarde y se salió ligeramente. Vuelta a pisar a fondo, esta vez en solitario. Siguiente curva abierta a tope, saltando sobre el peralte rojiblanco. Podía aflojar un poco y en la siguiente chicane tuvo más cuidado. En la salida notó que alguien venía lanzado por su derecha. Era Pedro, tenaz administrativo, que habría trazado la chicane casi recta y por eso iba con esa velocidad. También medía 1,70 y tenía complexión de palillo, sin duda en los karts tenía ventaja en velocidad punta.

Poco a poco vio como le superaba en la larga recta que precedía a la última curva. No dejó de acelerar y cogió el sitio por el interior, haciendole frenar, lo justo para salir de la curva con una pequeña ventaja. Aceleró a fondo, su compañero y ahora enemigo también. Se acercaba peligrosamente, hasta casi alcanzarle, pero al cruzar la meta el videomarcador le dio como vencedor. Levantó los brazos y dejó de acelerar. Pero no se detenía. Justo detrás de él Pedro estaba empujando con su kart. Intentó acelerar y zafarse de su remolcador pero no podía. Llegó al final de la recta y no podía girar, solo pudo ponerse los brazos por delante para evitar un golpe mayor.

Atravesó los neumáticos como si fuera una película, saliendo disparados hacia todos sitios. Aunque deceleró un poco seguía a buena velocidad. Miró atrás y vio que ya no tenía pegado a Pedro, lo que le alivió. El respiro duró lo que tardó en llegar la bala hasta su chasis. Volvió la cabeza y ahí estaba Pedro sosteniendo una pistola y a los demás en sus karts persiguiendole. Por delante tenía una valla que rodeaba el recinto de karting. Por desgracia parecía más contundente que los neumáticos así que giró antes de chocar y decidió buscar alguna salida alternativa. El giro lo aprovecharon sus perseguidores para dispararle de nuevo. En las películas no transmiten bien el miedo que se pasa cuando una bala pasa silbando a centímetros de la cabeza. Su cara no era la de Bruce Willis o Harrison Ford, como mucho la de un vampiro por lo pálido que estaba.

Pero por suerte seguía vivo y a unos metros de distancia vio un trozo de valla rota con cartones y cinta aislante, que era perfecto para una escapatoria. De un volantazo atravesó el pobre parche sin problema. Ahora tocaba campo a través. Se notaba que era un kart y no un 4×4, cada bache era un golpe brutal. Detrás de él los cuatro se habían convertido en tres, uno de ellos giró muy pronto y se empotró con la valla. Seguía demostrando que era el rey del karting, el lunes en el trabajo podría fardar si seguía con vida. Eso estaba por ver. Poco a poco el camino iba complicándose, aumentando la inclinación descendente. La velocidad aumentaba y los baches causaban más estragos. Tenía que ir evitando las grandes rocas del camino y las balas que alguna vez le rondaban. Cada vez estaban más cerca pero vio la posibilidad de despistarles, poco más adelante había dos rocas gigantes y en medio un paso estrecho, no pasaría más de un kart por ahí. Tuvo que frenar a fondo para poder pasar por el medio. Los dos primeros perseguidores pudieron seguirle. El tercero hizo un salto por encima de una de las rocas, rodando hasta quedar tumbado mientras su kart seguía solo. Le estaba bien empleado, el lunes le mandaría un meme al respecto.

Solo quedaban Jose y Pedro, los mismos que le habían dado guerra en el circuito. Empezaba a notar dolor por todo su cuerpo, muchos minutos conduciendo por tierra y piedras. A lo lejos vio una carretera. Si un tractor podía ir a 10 km/h él también podría con su coche en miniatura. Así que aceleró hasta incorporarse a la carretera. Notó la diferencia, mucho más agradable pero más peligroso, los disparos eran más certeros sin baches que estorbaran al tirador. Lo malo era la velocidad del tráfico, que aquí les superaba. Tanto él como Pedro entraron sin coches en la carretera pero Jose entró justo antes de un coche que pitó como un descosido. Solo pudo tirarse a un lado antes de que el kart fuera engullido debajo del todoterreno.

Eso le dejaba solo con Pedro, que casi podía sentir en la nuca. De hecho giró la cabeza y vio como apuntaba fijamente a su cabeza desde apenas cuatro metros de distancia. Por suerte pudo realizar movimientos en zigzag y evitar el disparo. Cuando se volvió parece que tiró la pistola, un peligro menos. El problema era que iba perdiendo velocidad, entre los golpes y disparos ya no le sacaba la ventaja de antes y Pedro consiguió tocarle aprovechando una ligera curva. Casi se sale de la carretera pero logró controlarlo. Tan preocupado estaba por salvaguardar su integridad que el paso a nivel le cogió desprevenido. Faltaban unos cien metros y las barreras estaban bajando. Para aportar más emoción las vias del tren se adentraban en un túnel por lo que no sabrían cuando pasaría. Los dos llegaban casi parejos sin frenar a las barreras y un sonido ensordecedor de la bocina del tren estalló. Él continuó acelerando, no tenía sentido ya frenar, aunque las poderosas luces del tren casi le dejan ciego. Pedro frenó en seco pero no fue suficiente, tenía medio kart en la vía.

Miró hacia atrás y vio que el tren pasaba a toda velocidad. No podía creer que se hubiera acabado ya todo, por fin libre. Notó entonces que a su kart le empezaba a fallar la fuerza. Normal, no están hechos para durar tanto tiempo. Por suerte había una estación de servicio justo delante, donde entró con las últimas gotas de combustible, sin necesidad de frenar para quedarse delante el alucinado encargado de la gasolinera. Sacó su mejor sonrisa.

– Lleno, por favor.

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Palabras

– ¿Si tuvieras que matar a alguien a quién sería?

– A nadie.

– Pero si te obligaran a hacerlo, en plan o matas a alguien o te matamos.

– Evidentemente al que me lo pidiera.

– Buena respuesta. Yo creo que me lo pensaría, al fin y al cabo podría matar a alguien y decir que lo hacía por coacción.

– Punto número uno: estás muy mal de la cabeza. Punto número dos: no va a pasar.

– Eso mismo pensarían las víctimas de un terremoto, o de los nazis, o cualquiera de esas cosas que nunca piensas que pueda ocurrir.

– Si piensas en todo lo malo que pueda pasar aunque sea improbable o imposible, no te daría tiempo en toda tu vida.

– Pero es entretenido y gratis. No se necesita nada más que el cerebro y alguien con quien contrastar ideas.

– Ya vas pidiendo mucho, porque si tus ideas van de ir matando gente quizás no eres muy popular. En cuanto a lo del cerebro hay mucha gente que lo usa poco, solo hay que poner la tele o ver las noticias más leídas de la red.

– Cierto, el otro día vi que una mujer había matado a su novio grabando un video en el que intentaban demostrar que un libro podía parar una bala.

– Si lo llega a demostrar se convertía en un video viral seguro. Hay que ver lo que se aburre la gente.

– Anda mira, si tengo un libro por aquí y te veo aburrido…

– Quita, quita, que ya ves lo peligrosos que son los libros, que te acercas a ellos y te pegan un tiro.

– Morirías por la ciencia.

– Si quieres te compruebo la resistencia de un cuerpo a ser golpeado.

– Sería difícil de evaluar, no podrías repetir el mismo golpe con la misma fuerza.

– Eso es cuestión de práctica, quizás los primeros quinientos puñetazos no, pero después te los podría dar igualitos.

– Mejor lo intentamos con gatitos, que esos videos aunque no pase nada tienen muchas vistas en youtube.

– Eso no es tan mala idea, con varios millones de visualizaciones nos sacaríamos un buen dinero.

– Una pena que seamos alérgicos a los gatos.

– No se puede tener todo.

– Podríamos grabarnos a nosotros hablando simplemente.

– ¿Por qué iban a querer ver eso?

– A mi no me gustan los videos de gatos.

– No creo que seas la muestra significativa de la sociedad.

– Uy que no, nueve de cada diez dentistas aconsejan usar la pasta de dientes que uso.

– Que casualidad, lo mismo pasa con la mia y es otra marca, deberían especificar en los anuncios que no significa que dejen de recomendar otras marcas.

– Los anuncios siempre mienten.

– No exageres, a veces dicen la verdad, lo único es que hay que mirar en la letra pequeña. Tan pequeña que tengo una tele de 60 pulgadas y tengo que mirarla con lupa.

– Nos llevan engañando muchos años. Los de los detergentes llevan mejorando la fórmula desde hace más de cincuenta años, como no la saque planchada ya no sé qué tendrían que mejorar.

– Es la falta de inversión en I+D, tendrán al científico trabajando solo y va poco a poco.

– Y lo de las hamburguesas, que miden tanto que no las pueden coger en la mano y luego en realidad te sobra media mano.

– Quizás cogen a modelos de manos pequeñas.

– Es una posibilidad, pero es para engañar a la gente.

– Bueno, tú y yo tampoco es que seamos muy sinceros con la clientela.

– ¿Lo dices por el cartel que hemos dejado en la ventanilla que dice que volvemos en cinco minutos?

– Exacto.

– Todos saben que eso significa que volveremos cuando nos de la gana.

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Revelación

Tumbado boca abajo con un reguero rojo cerca del pecho, totalmente inmóvil. Así le encontró al entrar en el salón. Nunca imaginó que pudiera pasarle algo así cuando unas horas antes se despidió de él con un beso, como cada mañana. Él se fue a trabajar pero tenía una mirada diferente. Tenía que haberlo notado, haberle preguntado. Podía haber evitado esa catástrofe.

Después de besarla cerró la puerta y cogió el ascensor. Esperaba que ella no hubiera notado nada, le costaba disimular cualquier cosa y ese día le iba a preparar una gran sorpresa. Había pedido el día libre en el trabajo. A veces cuando se vive en pareja no hay mucho tiempo de soledad y en este caso lo requería. Lo primero que hizo es ir a la tienda y comprar todo lo necesario. Comida de primera calidad para hacerle una cena en condiciones sin congelados o precocinados. Luego complementos para la mesa, que siempre decía que le parecían monos pero nunca compraba por no tener más cosas que no utilizara a diario cogiendo polvo. Un mantel del color turquesa que adoraba, una salsera, un plato de pizarra y uno de esos platos gigantes con poco hueco para la comida, como los que aparecían en los programas de la tele.

Regresó a casa y comenzó a preparar todo. La botella de su lambrusco favorito a enfríar en la nevera y el resto de cosas esparcido por la enorme cocina. Parecía mentira que fuera a preparar cena para dos, Arguiñano seguro que hubiera sacado comida para veinte. Pero si quería preparar los platos favoritos de su chica tenía que hacerlos según las indicaciones de los chefs. Y eso lleva tiempo. Solo en limpiar el pescado y adecentar el marisco tardó más de una hora. No valían gambas peladas y precocinadas, todo era fresco. Por otra parte tenía hecha la masa para el postre, que tenía que hacer con tiempo porque requería reposo y nevera. Quedaban dos horas y mucho que preparar. Pero era previsor y sonó el timbre de la puerta. Había llegado su amigo el pinche de cocina, su salvador. O al menos eso pensaba él.

Se puso a su lado para ayudar a preparar el resto de componentes de la cena, incluso se había puesto la redecilla que le obligan a llevar en el restaurante, lo que le valió sufrir las bromas de su anfitrión. La verdad es que estaba cortando la naranja en cubos de forma perfecta cinco veces más rápido que él. Para la salsa tenían una reducción de oporto que olía a gloria pero que abrió la veda de probar el vino. Eso fue un error. Conforme iba probando la salsa se deshinibía más, hasta el punto de producirse una conversación de trágicas consecuencias.

– Tío, la salsa está casi tan buena como tu chica.

– Ten cuidadín, no te pases, que es mi chica.

– Si me pasara le iba a hacer yo una cena romántica sin ti.

Las risas del pinche le enfurecieron más. Cogió el cuchillo de cortar huesos y se lo acercó al cuello.

– Ni una broma más.

– Ni tú me amenaces más.

Notó que a la altura de la cremallera del pantalón tenía algo punzante.

– No querrás quedarte sin postre hoy, ¿verdad?

Un segundo de silencio que dio pasos a risas y un abrazo de los que se hacen dando palmadas en la espalda con fuerza. Cosas de hombres. Siguieron cocinando como si no hubiera pasado nada hasta que todo estuvo terminado. El pinche había cumplido perfectamente su cometido, tanto que incluso le sobró tiempo y se vino arriba. Iba a limpiar la casa, o al menos lo visible. Esa noche era la de su chica, no iba a poder poner ninguna pega sobre la casa. El olor de los productos de limpieza le producía mareos, la falta de costumbre. Ni se le ocurrió abrir la ventana, que hacía frío, y lo lógico ocurrió. Cayó rendido en el sofá a punto de desfallecer. Ese toque de atención le sirvió para abrir la ventana unos minutos y dejar la limpieza en ese punto. Estaba todo reluciente y solo necesitaba esperar a su maravillosa compañera. Sonó el ruido de la puerta al abrirse. Ya era la hora por fin.

Se acercó a él para comprobar si todavía respiraba. Sí, lo hacía pero de forma débil. Entonces intentó girarle un poco para ver de donde provenía la herida. Se quedó sin habla cuando su novio se giró del todo y pudo ver un cartel que decía:

“Muero de amor por ti. ¿Quieres casarte conmigo?”

En su mano tenía un anillo elegante. Ella no pudo ni responder, solo asentir con la cabeza y besarle.

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Río

El murmullo tranquilo del discurrir del agua era como una nana. Las truchas se deslizaban por la corriente y los salmones saltaban a contracorriente. Los patitos seguían en fila a mamá pato. Todo parecía normal hasta que un extranjero se infiltró, amarillo y pequeño como los patitos, pero Made in China. Los patitos lo miraban curiosos pero sin perder la fila. Los peces intentaban nadar lejos. Algún pájaro despistado lo picoteaba. La corriente lo llevaba de forma irremediable hacia delante. Durante kilómetros su travesía continuó sin incidentes hasta aquel recodo oscuro. Allí las corrientes cambiaban aparentemente solo para el pato, que se escoraba hacia una zona oscura y aparentemente profunda.

Un salmón impactó con el pato debido a ese cambio de dirección. Eso retrasó tanto al pato como al salmón pero continuaron su camino, uno río arriba y otro hacia un destino desconocido. Ya le quedaban pocos metros para la orilla y comenzó a dar vueltas en círculos cada vez más pequeños. Su velocidad aumentaba conforme se iba acercando al centro imaginario. Cuando llegó se quedó quieto como si ninguna de las leyes de la física le afectaran. Sin razón aparente se empezó a hundir lentamente como si se hubiera subido a un ascensor submarino y desapareció.

El murmullo tranquilo del discurrir del agua era como una nana. Las truchas se deslizaban por la corriente y los salmones saltaban a contracorriente. Este salmón llevaba ya mucho recorrido y estaba cansado. De la nada apareció un pato de plástico al que no pudo esquivar. Dicen que los peces tienen mala memoria pero ese salmón puso cara de tener un dejà vu.

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Un paseo

Entra al ascensor con su traje. Mientras espera dentro en el último momento entra un segundo visitante. Una violenta pelea se produce en el interior, pero sale indemne. Al salir se quita la máscara de calavera y deja a la chica que le acompaña. Pasea ahora tranquilamente por las cornisas de los edificios hasta que saca su rifle de francotirador. Por su mirilla ve la boca de Britt Ekland abriéndose y entonces dispara su compañero certeramente al hombre que sale de la pared.

Entonces baja corriendo por el metro aprovechando las rampas laterales a modo de tobogán. Ya en el andén conoce a tigre Tanaka, que le abrirá las puertas de su tren subterráneo particular. Una vez dentro se cierran todas las puertas y tienen dos minutos para escapar él y su compañera. Con ayuda de su reloj láser pueden escapar y al salir coge un autobús inglés de dos pisos. Al bajar del bus un viandante le pregunta si tiene fósforo y este responde que tiene encendedor. Le enciende el cigarrillo y ve que tiene un anillo con un pulpo, le pega un puñetazo y le espeta “por vicioso”. Entra en el edificio y sube por las escaleras persiguiendo a una figura alta de ropa negra y al llegar arriba se tira abriendo un parapente.

Él mientras tanto abre la puerta con los dígitos que se corresponden sonoramente al tema de encuentros en la tercera fase. Después de entrar tira el sombrero en el perchero y se encuentra con la guapa secretaria a la que le firma una foto con la dedicatoria “Desde Rusia con amor”. Ella le responde:

– Anda, ponte a currar y deja de soñar con que eres James Bond. 

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